Por Augusto Taglioni
Dilma Rousseff fue reelecta como
presidenta en una de las elecciones más ajustadas de los últimos tiempos en
Brasil. El 51 por ciento de votos es una muestra del importante piso de apoyo del pueblo brasilero
al PT en 12 años de proceso petista en el gobierno, pero también un punto de
partido desde donde pensar los 4 años que tienen por delante.
Los resultados del balotaje
fueron seguidos de cerca por todo el continente americano. Por un lado, los
gobiernos populares que confiaban en una
victoria, ajustada pero segura de Dilma y con ello, una dinámica de continuidad
que atravesará al resto de los países que entienden que un Brasil abandonando
la integración regional, significaría la fecha de vencimiento del resto de los
procesos políticos vigente por el simple hecho que Brasil es la segunda
potencia más importante de américa después de Estados
Unidos y cumple un rol crucial como nación emergente en contexto mundial actual.
Del otro lado, los grandes centros de poder, los medios hegemónicos de
comunicación, el sistema financiero y la
mismísima Casa Blanca que espera tener más países latinoamericanos más cerca de
la Alianza del Pacífico que del Mercosur y Unasur.
A nivel regional, es un primer
paso para considerar que todos estos años de integración difícilmente sean
desmontados de un día para el otro. Pero,
a su vez, sería un grave error descansar en esta victoria electoral sin pensar
en un elemento constitutivo para esta unidad continental que tantos beneficios han
traído a nuestros países. Se trata de la profundización de los logros y de una
agenda capaz de seguir incluyendo a millones. Cada gobierno de cada país de
nuestra américa deberá pensar en clave de avance para aumentar la base de apoyo
de los pueblos que representan. Un estancamiento significaría un retroceso,
ceder a las presiones de los grandes centros de poder expresados localmente en
las derechas partidarias y los grandes medios de comunicación, sería equivalente
a una derrota política. El gobierno no tiene necesidad de negociar conquistas,
dado que la mayoría de los votos siguen siendo del PT, tanto así, como más de
la mitad de los estados. A nivel parlamentario, cuenta con una base consistente
como para afrontar las reformas que necesita el pueblo brasilero.
Inmediatamente después de la
victoria de Dilma, la bolsa brasileña se desmoronó. El índice Ibovespa de São
Paulo, referencia del mercado, cayó hasta un 6% en la apertura y la empresa
pública Petrobrás, un 13%. Esto es una muestra de que el sistema financiero,
con base en San Pablo, jugó un partido a favor de Aeccio Neves. Los medios de comunicación, especialmente la
cadena O’Globo y la Folha de San Pablo, no ocultaron su disgusto por la nueva
victoria del PT y la violencia del discurso opositor fue una constante durante
toda la elección. Esto, sumado a la violación de la veda por parte de la
revista “Veja” en una clara actividad proselitista a favor de Neves, y la
declaración de apoyo público al candidato opositor realizada por la estrella
futbolera Neymar, demuestra que los sectores opositores a la continuidad del PT
pusieron toda la carne al asador. No les
alcanzó porque la política sigue siendo la que marca el rumbo de los procesos
populares y democráticos.
Dilma, en su discurso post
victoria electoral, puso en agenda dos temas. Por un lado, la reforma política,
la cual necesitará del apoyo opositor, está destinada, entre otras cosas, a
ordenar y optimizar la representación política en el parlamento (hay 28
partidos con representación en el enorme congreso de Brasil), y la corrupción,
por el otro, donde de alguna manera recogió el guante de uno de los caballitos
de batalla del discurso opositor. Está bien querer tender puentes con la
oposición, pero no hay que caer perder de vista que lo más importante es
profundizar la agenda social, aquella que los grupos concentrados demonizan pretenden
frenar con un fin de ciclo de gobierno petista.
Por eso, debemos centrarnos en
algunos de los debates que tuvieron lugar en la primera vuelta. Uno de ellos
tiene que ver con el rol del Banco Central. Dilma tuvo fuertes cruces,
especialmente con Marina Silva, sobre la autonomía o independencia del Banco
Central. Es un debate similar al que tuvimos en la Argentina cuando el kirchnerismo
reformó la carta orgánica de BCRA. La disyuntiva gira en torno a si el gobierno
utiliza las reservas para la configuración del modelo de desarrollo, desde la
conducción política de la economía, o si la deciden directivos a fines a los
grupos trasnacionales. Otro foco de
crítica de la derecha brasilera fue Petrobras donde detrás de las denuncias de
corrupción, se esconde la intención por parte de parte del paquete de
accionistas de la estatal petrolera de orientar la gestión hacia un modelo
extractivo y de especulación. El gasto público, como en todos los gobiernos
populares de la región, también es cuestionado. Dilma ratificará cada uno de
las políticas sociales llevadas a cabo por los años de gobierno del PT.
La última y, tal vez, la más
importante de todas, es la forma de integración. Los centros de poder abonan
por una integración aperturista de mercado vertebrado por los Tratados de Libre
Comercio con Estados Unidos, articulada desde la Alianza del Pacífico. La
integración que interesa al PT y a todos los países que hoy crecen desde la
multipolaridad mundial, es la que busca fortalecer la arquitectura financiera
regional existente (Unasur, Mercosur, Celac), y las que necesariamente se
deberán construir, tales como, el Banco del Sur, y una nueva matriz productiva
que independice de manera total a todos los gobiernos democráticos de las
trasnacionales que operan en el continente.
Las demandas existen, hay una
agenda social que incluye al trabajo, la vivienda, la educación, los servicios
públicos y el desarrollo industrial. Dilma lo sabe, como también sabe que la
integración regional se profundiza o se estanca, y ya sabemos que si estanca,
como el agua, se pudre.
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